BEA NO OBEDECE, cuento bambú

 

El papá de Bea cumplía años y esa noche había fiesta en su casa. Todos estaban muy contentos, familia y amigos, todos hablaban, bromeaban, reían y disfrutaban del cumpleaños en un lugar calentito, un frío día de invierno. El lugar donde estaban todos los invitados era un salón hermoso que daba a un jardín lleno de árboles y flores hermosas, que todos los días cuidaban con mucho amor. Mientras esto ocurría dentro de la casa, fuera, en el jardín, Bea y sus hermanos jugaban. Y estuvieron jugando hasta que escucharon la voz de mamá: “¡Chicos, ya está la comida! ¡Venid rápido!”.

 

Al escucharla, salieron rápido hacia el salón, ¡tenían mucha hambre! ¡y había tantas cosas ricas para comer! Cuando llegaron, Sonia se dio cuenta en el acto de que algo ocurría con los piececitos de su hija Bea…¡Estaba descalza! Y muy seria le dijo: “Hija, ¿por qué estás descalza? ¿Y cómo sales de casa sin zapatos con el frío que hace?”. Y ella contestó: “Porque dentro se está tan bien que no quise ponérmelos  y cuando salimos fuera a jugar, para no perder tiempo, no me los puse”. La mamá, no muy contenta, dijo que eso estaba mal, que ella sabía que tenía que ponerse  zapatos y calcetines para salir al jardín y que en casa también tenía que llevar zapatillas y calcetines en invierno, y más en días de tanto frío como aquel, que se podía poner enferma. Sin embargo, a Bea no pareció importarle mucho la advertencia de su mamá y, cuando terminó de comer y se marchó con sus hermanos, volvió a quitarse los calcetines y las zapatillas.

 

La fiesta se fue terminando y los invitados se fueron yendo. A la mañana siguiente, todos en la casa de Bea se levantaron para empezar un nuevo día, con mucha alegría, con el recuerdo de lo mucho que se habían divertido en el cumpleaños de papá, pero había alguien que no había bajado a desayunar.

 

Cuando Sonia llegó a la habitación de Bea, la encontró en la cama, tosiendo mucho, desparramando estornudos para todos lados y con la nariz roja de tanto rascarse y, encima, sin ganas de levantarse. Bea se había resfriado, tal y como había dicho su mamá.

 

Sonia la miró y preguntó: “¿Qué te pasa hija? ¿Te encuentras bien?”. Y Bea, con la cabeza bajo el edredón y con voz muy bajita y ronca, respondió: “Sí, ya sé. Esto me pasa por ir descalza cuando hace frío”. La mamá la abrazó fuerte y le pidió que la próxima vez le hiciera caso y protegiera sus pies del frío para no ponerse enferma.

 

Bea aprendió a escuchar y obedecer a mamá y a papá, porque ellos saben qué es lo mejor para ella.

Cuando los papás nos dicen algo, es por nuestro bien; porque nos quieren mucho, para evitar que nos hagamos daño, que nos pongamos enfermos y para que crezcamos sanos y fuertes.